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Acerca de mi Obra

En el arte, la naturaleza se introduce a través de los materiales que lo hacen posible. Por ello me interesa, no la “materia pictórica”, sino la materia en el sentido más estricto de la palabra, el elemento en si mismo.

Haciendo referencia a la simbología de los materiales que se utilizan, el estado en el que se encuentran y su coloración, comparto la opinión de Anish Kapoor e Yves Klein cuando afirman que el color pulverizado representa el espíritu. El color, siendo polvo, no posee cuerpo propiamente; no es una forma material sólida.

Como el propio pigmento, el polvo simboliza lo trascendental y lo absoluto. Los colores saturados y puros refuerzan el mensaje del espíritu que se transmite también gracias a la simplicidad primordial de la forma. La presencia del “icono monocromo” en la abstracción moderna supone un reconocimiento del color.

Las líneas trazadas con pureza, las superficies lisas y otros elementos por el estilo, satisfacen por su sencillez. Pero de igual efecto son los colores puros, en sí simples y no mezclados, valorando en todo momento la simplicidad y pureza del material sensible.

Los huecos y agujeros que aparecen en algunas obras encierran el “lugar “dentro de sí mismos. Son vacíos secretos, ocultos, misterios que el observador puede contemplar pero no penetrar. Algo que tiene mucho que ver con el miedo, entendido en términos edípicos, y aún más con la oscuridad. No hay nada tan oscuro como la tiniebla interior. El lugar interior es un santuario individual, un espacio mente/cuerpo.

Otro elemento que considero determinante en mis obras es el silencio, el silencio interior, un silencio íntimo, que bien podría ser el silencio que sentimos al sumergirnos en el fondo del mar o el que sentimos al estar a miles de metros de altura en el espacio. Es este silencio el que tiene que ver con lo que es la “inutilidad de la propia obra de arte”. Mi obra está cargada de silencio, de alusiones, de latencias, de sentimientos ocultos.

Uno de mis objetivos ante la percepción de la obra de arte por parte del espectador es que la mente se quede suficiente tiempo detenida y pueda pensar en el porqué ha sido creado ese espacio. La obra ha de enganchar el ojo y la mente. El contemplador ha de quedarse enganchado con la inquietud de una presencia, con la inquietud de lo “desconocido”. El espectador ha de ir desde la conciencia narcisista al inconsciente sublime.

La contemplación de un objeto muy simple obliga a pensar en el, en el propio objeto, en el cuerpo de uno mismo. La mente se proyecta en la forma, y la forma es capaz de proyectarse hacia uno. Es en ese momento cuando uno se da cuenta de sí mismo, de sus pensamientos y de su soledad. Es como un espejo que refleja el espíritu y nuestro interior.

A veces se transmiten al cerebro imágenes de tal belleza o sublimidad que transcienden las palabras. En esos momentos podemos experimentar un estado de éxtasis, a menudo fugaz, a veces prolongado, durante el cual el yo enmudece. Esos momentos son piedras de toque para nuestro sentido de conexión con el mundo.

Para Jacques Derrida “ Es sublime lo que gusta inmediatamente por su oposición (Winderstund) al interés de los sentidos. Lo sublime nunca es igual a sí mismo, nunca está en su sitio, siempre es desigual y desmesurado. Al lado de lo sublime somos absolutamente insignificantes, quedamos paralizados mientras la tierra gira y gira.

El espacio de la pintura es el estado de la ilusión. Mi obra se encuentra a medio camino entre la pintura y la escultura. No pretende crear un espacio ilusorio. Lo que es es lo que aparece.

En la actualidad estoy tratando de dar una nueva dimensión a mi obra, transformándola tanto desde el punto de vista conceptual como desde el estético; algunas de mis últimas obras se hallan habitadas por medio de la presencia humana: un único espectador solitario o en su defecto un objeto que nos alerta de su presencia dentro de la obra. La pequeña escala de los mismos favorecerá que ésta aparezca sobredimensionada.

Este “pequeño observador” contempla lo que le rodea en la más absoluta soledad, entrando así en interacción con la Naturaleza. Unas veces podrá sentirse sublimado por la misma y en otras ocasiones luchará contra ella para no dejarse arrastrar por la fuerza de los elementos. De este modo, en determinados casos aparecerá como un espectador pasivo, mientras que, bajo determinadas circunstancias, se convertirá en una víctima del medio circundante. En ciertas ocasiones sólo apreciaremos las huellas que el pequeño aventurero ha dejado sobre la obra, lo que nos permitirá especular sobre sus avatares y su destino.

Esta presencia humana, diminuta, será casi invisible a los ojos del espectador real que visualiza la obra desde una cierta distancia “de respeto”. Así, este último se asemejará a un Dios que contempla su creación desde arriba; el “pequeño observador” se convertirá, a su vez, en un “observador observado”.